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Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat

http://www.casoabierto.com Yiya Murano

Nací en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, hace ya… poco más de 40 años. En mi país, además de tango y carne, también hay una larga tradición de asesinatos y hechos macabros. Con la influencia de cada grupo migratorio escapando de los horrores de la segunda guerra mundial llegó junto a la gente, lo bueno y lo malo de cada cultura, formando un crisol de razas y un ramillete de leyendas urbanas, de creencias, de pequeña mafia italiana y tanto más. Se conocen cantidades de casos de asesinos seriales, de tortuosos amores que buscando venganza por una traición o simplemente personajes que cansados de pobreza un día pusieron fin a su sufrimiento terrestre.

Quiero contarles algunos de ellos, sobretodo de los que soy contemporánea, porque increíblemente hay mucho más de lo que se imaginan.
Todos los relatos que les mostraré son verídicos y los rescato como lo que son: la otra cara de la historia, describiendo la geografía humana y la gramática del espanto, que espero no se vuelvan a repetir jamás.

Marcela Hereñú

Recuerdo que a solo 100 metros de donde vivía en mi infancia, en el famoso Barrio de Monserrat, sucedió por el 24 de marzo de 1979 un hecho que entonces conmocionó a los vecinos y pronto se hizo noticia en la recién nacida TV color. Una señora de buena reputación, Maria de las Mercedes Bernardina Bella Aponte, a la que todos cariñosamente le decíamos “Yiya”, era detenida por la policía acusada de homicidio. La causa inmediatamente tuvo nombre popular. La buena señora perdió de pronto su largo nombre y su corto apodo para convertirse en “la envenenadora de Monserrat”.

¿Pero qué fue lo que pasó en aquel incipiente otoño?

Yiya, una maestra que nunca había ejercido la docencia, un ama de casa ambiciosa, decidió dedicarse un tiempo a la usura. Recibía dinero de sus amigas, lo colocaba en algún plazo fijo no demasiado oficial, y devolvía capital más intereses a cambio de una comisión.

La dictadura militar Argentina posterior a la presidencia de Isabel Martínez viuda de Perón había comenzado en 1976 e iba acompañada de una situación económica singular. Los intereses que bancos y financieras ofrecían eran altísimos: un puñado de pesos se multiplicaba por tres en poco tiempo.

La historia de esta enigmática mujer, esposa de un abogado e hija de militares, pasó a los anales del horror cuando Cármen Zulema “Mema” del Giorgio Venturini, prima segunda y amiga de Yiya, sintió náuseas y un profundo malestar. Desfalleciente, se arrastró hacia el pasillo del edificio, pero presa del vértigo perdió el equilibrio y cayó haciendo ruido, el cual escucharon los vecinos y acudieron a socorrerla. Murió, llena de lágrimas, en la escalera del edificio de la calle Hipólito Yrigoyen donde vivía. Los médicos diagnosticaron paro cardíaco.

En el funeral, Diana María Venturini, hija de Zulema, recordó que Yiya tenía una deuda con la muerta. Buscó en el departamento de su madre el documento firmado en el que Yiya se comprometía a devolver el dinero. Un pagaré por un valor de 20 millones de pesos ley 18.188 (era la moneda argentina de entonces).

No lo encontró. Habló con el portero del edificio y éste dijo que mientras la Sra. de Venturini agonizaba en el interior del edificio, una mujer había llegado a visitarla con un misterioso paquete en mano (que luego se descubriría que eran masas, unas galletas dulces, muy común en Argentina para acompañar el té), había entrado en la vivienda de la mujer y salió raudamente con un papel en la mano y con un frasco en otra. Yiya Murano la deudora de ese pagaré.

Se realizó una autopsia. Los peritos descubrieron cianuro en el cadáver, los investigadores relacionaron el veneno con el supuesto frasco mencionado por el encargado.

Se supo que Nilda Gamba, vecina de Yiya, había muerto el 10 de febrero anterior.

A pocos días un infarto mata a otra amiga de Yiya, Lelia Formisano de Ayala.

A ambas mujeres, Murano les debía dinero y ambos cuerpos presentaban signos de haber sido envenenados con cianuro. El cianuro “condimentaba” las masas que casualmente siempre convidaba nuestra protagonista.

Se ordenó la exhumación de los cuerpos. Las autopsias de Nilda y Lelia, que habían sido enterradas en tumbas comunes bajo tierra, no fueron concluyentes: los cuerpos inhumados de ese modo producen, en el proceso de descomposición, clorhidrato de cianuro. Pero en las vísceras del cadáver de Zulema se descubrieron restos de cianuro alcalino.

El 27 de abril de 1979 la Policía detuvo a la señora Murano en su hogar, en la calle México. Su propio hijo fue el delator y entregador.

Yiya fue acusada de haber envenenado a tres mujeres y llevada a juicio por triple homicidio, pero nunca confesó.

En 1980, fue encontrada desmayada en el penal donde estaba presa (la cárcel de mujeres de Ezeiza); luego de eso, se le encontró y extirpó un tumor cerebral. En el mes de junio de 1982, el juez de Sentencia Ángel Mercardo la absolvió de todos los cargos y la deja en libertad porque si bien todas las pruebas apuntaban en su contra, no hubo testigos directos de los crímenes.

Tres años después, la Cámara de Apelaciones evaluó los indicios de manera diametralmente opuesta y la condenó a cadena perpetua. A mediados de 1985, en pleno juicio por los ex dictadores, Yiya había sido casi olvidada. Hasta que fue condenada. Ella insistía en que era inocente: Nunca invité a nadie a comer, fueron sus palabras.

Por reducción de la condena y la famosa “ley del 2 x 1” (cada 2 años de condena se cumple solo 1 efectivo), salió de prisión después de 10 años. Se supo que a los jueces que intervinieron en su puesta en libertad les había enviado, como señal de agradecimiento, una caja de bombones[], pero nunca se supo si alguien los probó.

Cuando salió de la cárcel tenía 65 años. Durante el tiempo en que Yiya que estuvo presa su madre y su segundo marido, Antonio, murieron a causa de la tristeza.

Su hijo Martín, no quería verla. El escribió un libro en 1994 publicado por Editorial Planeta llamado "Mi madre, Yiya Murano". La imagen de tapa es una mano de mujer vertiendo gotas en una taza de té. “No visité a mi madre más que una docena de veces durante los tres años que duró su primera detención –escribe–. En ese tiempo ya se consolidaba en mí la certeza de que mi madre era culpable y ese sentimiento hacía que me resistiera a verla (...) Era teatral, fría, manipuladora y sumamente egoísta”.
La describe como una mujer afecta a gastar dinero, llena de amantes a los que visitaba llevándolo con ella y obligándolo a llamarlos “tío”.

Ella dice que su hijo la difama, aunque le confesó que él no era hijo ni de Antonio Murano, su primer esposo, ni Héctor, el segundo.

Vivió en casa de una de sus hermanas hasta que se casó con un tercer hombre de cuyo nombre no quiere acordarse porque el matrimonio duró un mes.

Después de la historia de Yiya todos supimos que los envenenados con cianuro lloran mientras mueren. El veneno bloquea la respiración celular y provoca una asfixia minuciosa, pero hasta que eso sucede –hasta que el organismo es una masa de carne sofocada– se producen temblores, vómitos, náuseas. Y lágrimas. Una profusión severa, incontrolable –humillante– de lágrimas. El cuerpo llora, la sangre se torna rojo encendido y el aire espirado tiene el olor de las almendras amargas. Los músculos, por falta de oxigenación, se vuelven oscuros, amoratados.

Yiya vive y goza de libertad, como si nada hubiera pasado, junto a Julio Banín, su actual marido, que es ciego a causa de una enfermedad sin retorno llamada maculopatía. El año en que Maria de las Mercedes Bernardina Bella Aponte se hizo tristemente famosa, Julio se quedó ciego para siempre aunque afirma, enamorado, que su esposa es “la luz de sus ojos” y que jamás le tuvo miedo.

Autora: Marcela Hereñu

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