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Mujeres asesinas en serie

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image Erzebeth Bathory, Aileen Wuornos, Enriqueta Martí, Remedios Sánchez, Myra Hindley y Rosemary Letts

El asesinato en serie a manos de mujeres es menos frecuentes, igual que sucede en la mayoría de delitos violentos. Aún así, podemos encontrar a lo largo de la historia célebres casos en los que el autor de una serie de asesinatos es de sexo femenino, como el de la condesa Erzebeth Bathory, quien se ganó el apodo de “la condesa sangrienta”, porque solía secuestrar a jóvenes doncellas para torturarlas, asesinarlas y aprovechar su sangre para bañarse en ella.

El perfil de la asesina en serie –según  un estudio hecho por Eric Hickey en 1997 a partir del análisis de 34 asesinas seriales estadounidenses- es el siguiente: el 50% de ellas había contado con un cómplice masculino, la edad media es de 33 años, el motivo fundamental es el lucro (se daba en el 75% de las mujeres de la muestra), el método que usan más comúnmente es el envenenamiento y, en la mayoría de los casos, conocían a sus víctimas, que suelen ser seres indefensos como niños, ancianos o confiados maridos.

Este perfil las separa de sus homónimos masculinos, que tienden preferentemente a actuar en solitario, tienen una edad media de entre 20 y 30 años (la mayoría de ellos comete su primer asesinato antes de los 27 años), les mueve mayoritariamente una motivación de tipo sádica-sexual o de poder-control  y sus víctimas suelen ser mujeres desconocidas.

Willson y Milton hicieron un estudio más amplio en 1998, estudiando a 105 asesinas en serie. En él se confirma que el veneno es el arma más utilizada, ya que es un método con el que tardan más en ser descubiertas por la policía y que les permite llevar a cabo el crimen a pesar de contar con la misma fuerza física que los hombres.

Aileen Wuornos, la asesina más célebre de Estados Unidos

Con una infancia difícil, plagada de abusos y fracasos, a sus espaldas, Aileen Wuornos ejercía la prostitución en Daytona Beach, Florida. En la década de los 80, Wuornos asesinó a tiros a seis de sus clientes.

Aunque Aileen alegó que había cometido los había matado en defensa propia, ya que se habían comportado de manera agresiva con ella, los forenses que analizaron los escenarios de sus crímenes no encontraron ninguna evidencia que avalara su versión de los hechos, por lo que fue condenada a pena de muerte y ejecutada en 2002.

El caso de Aillen Wuornos adquirió tal fama en Estados Unidos que en 2003 Charlize Theron se puso bajo la dirección de Patty Jenkins para llevar a la gran pantalla el film Monster, basado en él.

Casos españoles

Varias mujeres han pasado a formar parte de la crónica negra de nuestro país por sus asesinatos seriales. Las categorías más frecuentes que se hallan entre éstas son las de “viudas negras”, motivadas por el ánimo de lucro, y los “ángeles de la muerte”, que se mueven por un afán de poder y control.

Uno de los casos más antiguos y misteriosos es el de Enriqueta Martí, la “vampiresa de Barcelona”. A principios del siglo XX, esta mujer cometió el secuestro y asesinato mediante degüello de unos 30 niños, aunque se desconoce la cifra exacta de víctimas, así como qué hacía con ellos. Se sospecha que Enriqueta buscaba lucrarse a través de sus víctimas mediante la prostitución infantil, el sadismo, el tráfico de menores y la venta de sebo o sangre de niños.

Motivada por el lucro también actuó Margarita, “la viuda negra de L’Hospitalet de Llobregat”, quien envenenó a un total de siete personas, entre las que se contaban su marido, su suegra y su cuñado, para poder acceder a sus cuentas corrientes y vaciarlas.

Más recientemente, Barcelona volvió a vivir un espeluznante suceso. Remedios Sánchez, movida por una mezcla de afán de lucro y de poder, encontraba a sus víctimas –todas ellas mujeres de avanzada edad- en parques y mercados. Tras ganarse su confianza, Remedios conseguía acceder a los domicilios de las desafortunadas mujeres, a las que golpeaba en la cabeza y después ahogaba para poder robarles las joyas y el dinero.

La “envenenadora de Valencia”, Pilar Prades, en cambio, cometió sus crímenes para sentir que ejercía el control de las casas en las que trabajaba como sirvienta. En su primer trabajo logró asesinar a la señora de la casa envenenándola y en la segunda casa en la que se instaló envenenó a la cocinera y casi lo logró con la dueña.

Cómplices de la crueldad

La mujer que comete repetidos asesinatos rara vez manifiesta sadismo, resultando extremadamente extraño que emplee la tortura en sus agresiones. La excepción se encuentra, eso sí, cuando la asesina actúa como cómplice de un hombre. Los casos más significativos se sitúan en el Reino Unido y son los de Myra Hindley y Rosemary Letts.

En la década de los 60 del siglo XX, Ian Brady convenció a su pareja, Myra Hindley, para que iniciara con él una espeluznante carrera criminal. Entre 1963 y 1965, Myra ayudó a Ian a cometer la  violación y asesinato de nueve niños y adolescentes. Según explicaría más tarde Brady, Myra Hindley había abusado sexualmente de sus víctimas junto a él e incluso había insistido en matar con sus propias manos a Keith Bennet, de doce años.

Más o menos en la misma época, Rosemary Letts y su esposo Frederick West se unieron para convertir su hogar en “la casa de los horrores”. En la bodega del domicilio de los West, el matrimonio violaba y torturaba a sus víctimas y, después, Rosemary les preparaba un té, para tratar de calmarlas. Se les acusó de asesinar a doce personas entre 1967 y 1987, entre las que se incluía la hija mayor de ambos, aunque Fred aseguró que habían acabado con la vida de una veintena de personas más.

Por Ruth Asensio

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