1x02: Richard Ramirez, el “Night Stalker”
El asesino satánico que aterrorizó California
Publicado en Casoabierto · Ficha criminal · Estados Unidos, 1984-1985
La mañana del 31 de agosto de 1985, un grupo de vecinos del barrio mexicano-americano de East Los Ángeles persiguió a un hombre delgado, con la dentadura podrida y los ojos hundidos, golpeándolo a puñetazos y con un trozo de barra de hierro. El hombre acababa de intentar robar un coche para escapar y suplicaba que alguien llamara a la policía. Lo que pedía, irónicamente, era ser detenido por los mismos agentes que llevaban casi un año dándole caza. Esa misma mañana los diarios habían publicado en portada la foto policial de Richard Ramirez. Sus propios vecinos lo habían reconocido en el quiosco.
Cuarenta años después de aquella imagen -probablemente la escena de justicia popular más célebre de la historia criminal estadounidense reciente-, el caso de Richard Leyva Ramírez, alias el “Night Stalker”, sigue siendo uno de los más estudiados en criminología por la combinación de tres factores: una violencia inusualmente extrema, un componente ocultista deliberado, y un final marcado por el frenesí mediático y la justicia improvisada de un barrio.
Esta es su historia.
El primo Mike y las polaroids de Vietnam
Ricardo Leyva Ramírez nació el 28 de febrero de 1960 en El Paso, Texas. Era el menor de siete hermanos de una familia católica mexicano-americana; su padre, trabajador del ferrocarril, era hombre severo y de mal carácter. La biografía clínica de Ramírez incluye varios golpes en la cabeza durante la infancia -uno por una cómoda que le cayó encima, otro tras un accidente con un columpio- que algunos especialistas asociaron más tarde con la epilepsia del lóbulo temporal que se le diagnosticó en la adolescencia.
Pero el verdadero punto de inflexión no fue médico, sino familiar. A los doce años, Richard quedó bajo la órbita de su primo Mike, un veterano de las Fuerzas Especiales recién regresado de Vietnam. Mike fascinaba al chico con relatos detallados de torturas y mutilaciones cometidas contra mujeres vietnamitas durante la guerra, y los acompañaba con polaroids que conservaba como trofeos. Fumaban marihuana juntos. Mike le hablaba de poder, de impunidad, de placer a través del control absoluto sobre otro ser humano.
En 1973, con Ricardo presente en la habitación, Mike disparó y mató a su propia esposa, Jessie, durante una discusión. Tenía trece años cuando vio aquello. Fue, según sus propias confesiones posteriores, el momento en el que algo se rompió definitivamente.
A partir de entonces, la trayectoria de Ramírez se torció con rapidez: detenciones por pequeños hurtos en 1977, sentencia de libertad condicional por posesión de marihuana en 1982, traslado a San Francisco y después a Los Ángeles, adicción a la cocaína, robos en domicilios y un creciente interés por las armas y por el satanismo -especialmente por la figura de Anton LaVey y por el simbolismo invertido del pentagrama. Cuando salió de la cárcel en abril de 1984, tras una condena por robo de coche, Ramírez tenía 24 años, una higiene desastrosa, una dentadura prácticamente arruinada por el dulce y la cocaína, ninguna perspectiva laboral y una idea bastante precisa de lo que quería hacer.
El comienzo del horror: junio de 1984
La primera víctima conocida fue Jennie Vincow, una mujer de 79 años. La noche del 28 de junio de 1984, Ramírez entró por una ventana abierta de su apartamento en Glassell Park, Los Ángeles. La agredió sexualmente y la apuñaló hasta degollarla. Fue un crimen de extraordinaria brutalidad y, durante meses, un caso aislado.
El segundo ataque no llegaría hasta nueve meses después.
La oleada: marzo-agosto de 1985
17 de marzo de 1985. Ramírez tendió una emboscada a María Hernández en el aparcamiento de su edificio en Rosemead. Le disparó a la cara, pero la bala impactó contra las llaves del coche que la mujer levantaba instintivamente y rebotó. Hernández sobrevivió fingiéndose muerta. Esa misma noche, dentro del apartamento, Ramírez mató a su compañera de piso, Dayle Okazaki, de 34 años. Horas más tarde abordó a Tsai-Lian Yu, de 30, la sacó a rastras de su coche en Monterey Park y la mató a tiros en plena calle.
27 de marzo. La pareja Vincent y Maxine Zazzara, de 64 y 44 años, fue atacada en su casa de Whittier. Ramírez disparó al marido mientras dormía y después se ensañó con ella. Fue en este caso donde apareció por primera vez una de las marcas más perturbadoras de su firma criminal: le arrancó los ojos a Maxine Zazzara y se los llevó.
14 de abril. William Doi, de 66, muerto a tiros. Su esposa Lillie, sobreviviente tras una agresión brutal.
30 de mayo. Agresión sexual a Carol Kyle, en presencia de su hijo de once años.
A lo largo de junio y julio el ritmo se aceleró hasta ser casi semanal: Patty Higgins (27 de junio), Mary Louise Cannon (2 de julio), Whitney Bennett sobreviviente milagrosamente (5 de julio), Joyce Lucille Nelson y Sophie Dickman (7 de julio), Max y Leila Kneiding y la familia Khovananth (20 de julio), Christopher y Virginia Peterson sobrevivientes (5 de agosto), Elyas Abowath y su esposa Sakina (9 de agosto).
El patrón se había vuelto reconocible: entrada nocturna por una ventana, ejecución a tiros del hombre adulto, agresión sexual a la mujer, robo de objetos personales y, en varios escenarios, símbolos satánicos dibujados con pintalabios o sangre: pentagramas en las paredes, en el muslo de una víctima, en el armario. En algún caso obligó a las supervivientes a “jurar por Satán” antes de marcharse.
La prensa empezó llamándolo el “Valley Intruder”. Cuando los ataques saltaron a San Francisco, donde mató a Peter Pan y agredió a su esposa Barbara el 17 de agosto, se rebautizó definitivamente al asesino como “The Night Stalker” - El acechador nocturno.
El error que lo delató
La noche del 24 de agosto de 1985, Ramírez se desplazó a Mission Viejo, en el condado de Orange, casi cien kilómetros al sur del centro de Los Ángeles. Atacó a la pareja formada por William Carns e Inez Erickson. Disparó a Carns tres veces en la cabeza -sobrevivió con secuelas permanentes- y agredió sexualmente a Erickson. Antes de marcharse, le dijo que dijera a la policía que el responsable era “el Night Stalker”.
Fue su error. Erickson, antes del ataque, había visto a través de la ventana el coche con el que Ramírez se acercó al barrio: un Toyota anaranjado. Un adolescente del vecindario, James Romero, también lo había visto y había anotado mentalmente parte de la matrícula. Los datos coincidieron. Cuatro días más tarde, el vehículo apareció abandonado en Los Ángeles. Dentro había una huella dactilar perfecta.
El recién estrenado sistema AFIS del Departamento de Justicia de California -en funcionamiento desde hacía solo unos meses- devolvió un nombre: Richard Leyva Ramirez, antecedentes por robo, fecha de nacimiento 28-02-1960.
El 30 de agosto, el jefe de policía de Los Ángeles, Daryl Gates, anunció el nombre en rueda de prensa y la fotografía policial de Ramírez salió en las portadas de todos los diarios de California esa noche y a la mañana siguiente.
Linchamiento en East LA
Ramírez, que había estado fuera de la ciudad esos días, regresó en autobús a Los Ángeles el 31 de agosto sin saber que era el hombre más buscado del estado. Entró en una tienda de la avenida Towne, en East LA, a comprar un refresco. Vio su propia cara en la portada del periódico expuesto junto a la caja. Vio cómo la cajera, una mujer mexicana, lo miraba, miraba la foto y volvía a mirarlo.
Echó a correr.
Lo que pasó a continuación fue retransmitido en directo por los noticiarios locales en cuanto llegaron las cámaras. Ramírez intentó robar un coche, después otro. Una mujer lo identificó a gritos en español. Su marido salió con una barra de metal. Otros vecinos se sumaron a la persecución a pie por varias manzanas. Cuando los agentes llegaron, encontraron a Ramírez en el suelo, ensangrentado, suplicando ser detenido. Su confesión salió casi de inmediato: “Sí, soy yo, soy el Night Stalker”.
La detención del 31 de agosto de 1985 es probablemente el caso más famoso de justicia popular en la historia criminal de Estados Unidos: un asesino en serie cazado, literalmente, por sus vecinos.
El juicio más largo y caro de la historia californiana
Ramírez fue acusado de 14 cargos de asesinato y 31 delitos adicionales. Retractó su confesión, alegando un error de identificación. Cambió de abogado varias veces. La dispersión geográfica de los crímenes -repartidos entre los condados de Los Ángeles, Orange y San Francisco- obligó a complejas negociaciones de competencia, y varios cargos fueron retirados para concentrar el proceso en Los Ángeles.
La selección del jurado comenzó el 22 de julio de 1988, casi tres años después del arresto. La fase oral se prolongó otro año entero. Durante el proceso, Ramírez se convirtió, para inquietud y morbo del país, en una figura de culto: decenas de mujeres acudían diariamente a la sala vestidas de negro, le enviaban cartas de amor a prisión y proclamaban su inocencia. El propio acusado contribuía al espectáculo levantando la mano con un pentagrama dibujado en la palma y gritando “¡Hail Satan!” ante las cámaras.
El 14 de agosto de 1989, en plena deliberación, una de las miembros del jurado, Phyllis Singletary, apareció asesinada en su apartamento. La defensa intentó forzar la nulidad. Se determinó que el responsable había sido su pareja sentimental, James Melton, que se suicidó días después, y que el caso no tenía relación alguna con Ramírez. El juicio continuó.
El 20 de septiembre de 1989, tras 22 días de deliberación, el jurado lo declaró culpable de 13 cargos de asesinato, 5 de tentativa de asesinato, 11 de agresión sexual y 14 de allanamiento con robo. El 7 de noviembre fue condenado a 19 penas de muerte. Su comentario ante el tribunal pasó a la historia del cinismo criminal:
“No es para tanto. La muerte forma parte del negocio. Nos veremos en Disneylandia.”
El proceso, con un coste estimado de 1,8 millones de dólares de la época, fue durante años el juicio criminal más caro celebrado en California.
San Quentin: la novia, el pentagrama y el cáncer
Trasladado al corredor de la muerte de la prisión estatal de San Quentin, Ramírez recibió durante años un volumen extraordinario de correspondencia femenina. La más persistente de sus admiradoras fue Doreen Lioy, editora de una revista de espectáculos que le había escrito por primera vez en 1985. Lioy se presentó como creyente firme de su inocencia. En 1988, durante el juicio, Ramírez le propuso matrimonio. La boda se celebró el 3 de octubre de 1996 en la sala principal de visitas de San Quentin. No hubo derecho a visitas conyugales -los condenados a muerte en California no lo tienen- y, según declaraciones posteriores de la propia Lioy a la prensa, el matrimonio nunca se consumó. Lioy se distanciaría de él años después, cuando una nueva prueba de ADN confirmó que Ramírez también había sido el responsable del asesinato de una niña de nueve años, Mei Leung, cometido en San Francisco en abril de 1984 - anterior, incluso, al de Jennie Vincow.
Las apelaciones se prolongaron durante más de dos décadas. El sistema judicial californiano, con su ritmo lentísimo en materia capital, llevaba a Ramírez a un escenario probable de muerte natural antes que ejecución. Y eso fue, en efecto, lo que ocurrió.
El 7 de junio de 2013, Richard Ramírez murió en el centro médico de la prisión a los 53 años, oficialmente por complicaciones derivadas de un linfoma de células B asociado a una insuficiencia hepática crónica vinculada al abuso de drogas. Llevaba 23 años en el corredor de la muerte. Ninguna de sus 19 sentencias capitales llegó a ejecutarse.
Por qué Ramírez sigue importando
Cuarenta años después de su captura, el caso del Night Stalker sigue siendo un punto de referencia obligado por varias razones.
En primer lugar, marcó un hito tecnológico: fue el primer caso de gran repercusión resuelto gracias al sistema AFIS de identificación automática de huellas dactilares en Estados Unidos. La huella encontrada en el Toyota robado entró en una base de datos puesta en marcha solo unos meses antes; sin esa base, Ramírez probablemente habría seguido matando.
En segundo lugar, el caso normalizó la idea -tan presente hoy en el periodismo criminal- de que la presión mediática puede acelerar la resolución de un caso. La publicación masiva de la foto policial el 30 de agosto fue lo que precipitó el reconocimiento del acusado por sus propios vecinos al día siguiente. Antes de Ramírez, exponer así a un sospechoso era una decisión policial controvertida; después, se volvió rutinaria.
En tercer lugar, Ramírez consolidó un perfil criminológico que se estudia en las academias de policía: el asesino itinerante, oportunista y sin patrón geográfico claro, que selecciona víctimas por accesibilidad -ventana abierta, planta baja, casas aisladas- y no por afinidad demográfica. Sus víctimas tenían entre 9 y 83 años; eran de origen blanco, latino, asiático, mexicano; mujeres y hombres. Ese carácter “ciego” del patrón fue lo que durante meses despistó a los equipos de investigación, acostumbrados a buscar coherencia.
Y, en cuarto lugar, Ramírez forzó una conversación incómoda sobre la fascinación pública por los asesinos. Las cartas de amor, las admiradoras vestidas de negro, la boda en prisión, la entrada del caso en el imaginario pop -del que series como American Horror Story o Night Stalker: The Hunt for a Serial Killer (2021) son herederas directas- han hecho del Night Stalker un caso de estudio también para sociólogos de la cultura.
Pero detrás del fenómeno mediático quedan los nombres. Jennie Vincow. Mei Leung. Dayle Okazaki. Tsai-Lian Yu. Vincent y Maxine Zazzara. William Doi. Patty Higgins. Mary Louise Cannon. Joyce Lucille Nelson. Max y Leila Kneiding. Chainarong Khovananth. Elyas Abowath. Peter Pan. Catorce personas identificadas con nombre y apellidos cuyo asesinato sigue figurando, ya sin posibilidad de revisión judicial, en los archivos de tres condados californianos.
El último de esos casos -el de la niña Mei Leung, atribuido por ADN en 2009- recordó que, también con Ramírez, lo que parece un caso cerrado puede tardar décadas en terminarse de cerrar.
🎙️ Ya disponible el segundo episodio: Richard Ramirez, el “Night Stalker”
Fuentes principales: sumarios People of the State of California v. Richard Ramirez; archivos del LAPD y del Departamento del Sheriff de Los Ángeles; expediente AFIS California (1985); cobertura contemporánea de Los Angeles Times, San Francisco Chronicle y Herald Examiner; Philip Carlo, The Night Stalker: The Life and Crimes of Richard Ramirez (1996); declaraciones públicas y entrevistas a los detectives Frank Salerno y Gil Carrillo; documental Night Stalker: The Hunt for a Serial Killer (Netflix, 2021).


