1x04 - Alfredo Galán Sotillo, el asesino que firmaba con naipes
cronología del terror que paralizó Madrid en 2003
Publicado en Casoabierto · Ficha criminal · España, 2003
A las siete y media de la mañana del 24 de enero de 2003, Juan Francisco Ledesma esperaba el autobús en la calle Alonso Cano de Madrid, en el barrio de Chamberí. Tenía 28 años, trabajaba en una empresa de seguridad privada y aquel viernes salía del turno de noche. Un hombre joven, de complexión normal y mirada apagada, se acercó a la marquesina, sacó una pistola Tokarev TT-33 de fabricación checa y le disparó dos veces a quemarropa. No medió palabra, no hubo discusión previa, no había historia entre ellos. Juan Francisco murió en el acto sobre la acera.
Los agentes que llegaron a la escena registraron lo que parecía un ajuste de cuentas o un atraco fallido. No había firma. No había mensaje. No había nada que sugiriera que aquel disparo era el primero de una serie que mantendría a la Comunidad de Madrid en vilo durante casi dos meses, y que cambiaría la conversación pública española sobre la salud mental de los militares que regresan de misiones internacionales.
A partir de aquella mañana, y durante los cincuenta y tres días siguientes, un exmilitar de 26 años llamado Alfredo Galán Sotillo -veterano de la operación española en Bosnia, en tratamiento intermitente por trastornos psicóticos no diagnosticados oficialmente, residente en Puertollano (Ciudad Real)- recorrería paradas de autobús, estaciones de cercanías y portales de la periferia madrileña disparando a personas que no conocía. Seis morirían. Tres sobrevivirían con secuelas. Y en algunas de las escenas, dejaría una carta de la baraja española sobre el cuerpo o cerca de él.
Cuando todo terminó, no lo detuvo la policía. Se entregó él mismo.
EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DE BOSNIA
Alfredo Galán Sotillo nació en Puertollano el 27 de marzo de 1976, en una familia obrera vinculada al complejo industrial petroquímico de la ciudad. Estudió hasta finalizar la EGB sin destacar, se alistó en el Ejército de Tierra a los 18 años y, en 1996, fue desplegado en Mostar (Bosnia-Herzegovina) como integrante del contingente español de la SFOR, la fuerza multinacional de estabilización desplegada por la OTAN tras los acuerdos de Dayton.
Su paso por Bosnia, según el material recogido posteriormente por la Audiencia Provincial de Madrid en el sumario del caso, no incluyó combate directo. Sí incluyó exposición sostenida a fosas comunes, recuperación de cadáveres y patrullas en zonas marcadas por la limpieza étnica reciente. A su regreso a España, en 1997, Galán llevaba consigo una pistola Tokarev TT-33 sustraída a un sospechoso bosnio durante un registro. Esa arma -de origen soviético, calibre 7,62 Tokarev, fabricación checoslovaca posterior a 1953- sería la misma que utilizaría seis años después en Madrid.
Tras su licenciamiento, Galán intentó retomar la vida civil en Puertollano. No lo consiguió. Entre 1998 y 2002 fue ingresado en varias ocasiones por episodios psicóticos, consumo abusivo de alcohol y conductas autolesivas. Recibió diagnósticos provisionales de esquizofrenia paranoide y trastorno límite de la personalidad, ninguno de ellos sostenido en un seguimiento clínico estable. El sistema lo perdió de vista repetidamente. La pistola, guardada en su domicilio, no la perdió de vista nadie porque nadie sabía que existía.
En enero de 2003, Galán cogió un autobús desde Puertollano hacia Madrid con la Tokarev en una bolsa de deporte.
LAS PRIMERAS SEMANAS: DISPAROS SIN FIRMA
Tras el asesinato de Juan Francisco Ledesma el 24 de enero, transcurrieron diez días sin que la policía pudiera vincular el caso a nada. El segundo ataque tuvo lugar el 3 de febrero de 2003 en Tres Cantos, al norte de la capital. Una mujer de nacionalidad sueca llamada Birgitta Bergling, de 53 años, fue tiroteada al salir del portal de su domicilio. Le impactó un disparo en la cabeza. Sobrevivió tras una intervención quirúrgica de urgencia, pero quedó con secuelas neurológicas graves y nunca pudo aportar una descripción útil del agresor.
Los proyectiles recuperados en ambas escenas -Alonso Cano y Tres Cantos- fueron analizados por la Comisaría General de Policía Científica. La conclusión inicial fue clara: misma arma, mismo calibre 7,62 Tokarev, una munición poco habitual en la criminalidad común española. Ese dato pasó al sumario, pero todavía no salió a la prensa.
El 7 de febrero, cuatro días después del ataque a Birgitta, ocurrió la escena que dio nombre al caso. En la estación de cercanías de Rivas-Vaciamadrid, al sureste de Madrid, Galán abrió fuego contra dos empleados de la limpieza ferroviaria que salían de su turno. Eduardo Salas Sánchez, 28 años, y Anahid Castillo Ruiz, 41 años, ecuatoriana, madre de tres hijos, murieron en el andén. Junto al cuerpo de uno de ellos, los agentes de la Guardia Civil encontraron una carta de la baraja española: el as de copas.
El detalle del naipe, filtrado a los medios en cuestión de horas, lo cambió todo.
LO QUE EL APODO OCULTA
Aquí conviene detenerse. En Casoabierto, como hicimos con BTK, no usamos como titular el apodo de tres palabras con el que la prensa española bautizó a Alfredo Galán en febrero de 2003. “El asesino de la baraja” es una etiqueta que convirtió un acto inexplicable en un relato consumible, y que, en los días siguientes a Rivas-Vaciamadrid, alimentó una espiral mediática que el propio Galán confesaría más tarde haber seguido en directo desde un televisor de Puertollano.
La carta sobre el cuerpo, según declararía él mismo durante el juicio, no fue un mensaje deliberado en el primer asesinato. En Alonso Cano no la dejó. En Tres Cantos tampoco. La idea del naipe surgió después, ya en Rivas-Vaciamadrid, y se consolidó cuando vio que los telediarios la repetían. Lo que empezó como un gesto improvisado se convirtió, gracias a la cobertura, en un patrón. La firma no precedió al apodo: el apodo creó la firma.
Los nombres que conviene recordar son otros: Juan Francisco Ledesma, vigilante de seguridad. Birgitta Bergling, que tardó años en volver a caminar sin ayuda. Eduardo Salas y Anahid Castillo, limpiadores nocturnos en Rivas. Y los que vendrían después.
FEBRERO Y MARZO: EL MIEDO COMO RUTINA URBANA
El 14 de febrero de 2003, una semana después de Rivas, Galán disparó en Alcalá de Henares contra una pareja en otra parada de autobús. Resultaron heridos de gravedad, pero ambos sobrevivieron. No se encontró naipe en la escena. La conexión balística sí: misma Tokarev.
El 18 de marzo, tras un mes en el que la presencia policial en transporte público se había multiplicado y los titulares de los diarios madrileños hablaban a diario del caso, ocurrió el último ataque. En una marquesina de Alcalá de Henares, cerca de la estación de tren, George Lupu, rumano de 28 años, y su pareja Doina Magdalena Zanca, de 25, esperaban el autobús después de salir del trabajo. Galán les disparó a ambos. Murieron en el lugar. Junto a sus cuerpos apareció la quinta carta de la baraja: el as de bastos.
Madrid llevaba dos meses con paradas vacías al anochecer, comisarías colapsadas por llamadas sobre hombres con bolsas sospechosas y madres telefoneando a sus hijos para preguntar a qué hora pensaban volver. La investigación, dirigida por la Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid en coordinación con la Guardia Civil, tenía ya un perfil aproximado: varón joven, español, posiblemente con formación militar dado el manejo del arma y la rapidez del modo operativo. No tenía nombre.
LA ENTREGA: 3 DE JULIO DE 2003
Lo que sucedió a continuación es una de las resoluciones más inesperadas de la crónica criminal española reciente. El 3 de julio de 2003, tres meses y medio después del último ataque, Alfredo Galán Sotillo entró por su propio pie en la comisaría de Puertollano, en su ciudad natal, y se presentó ante el oficial de guardia como el responsable de los asesinatos de Madrid.
Llevaba consigo, en una bolsa, la pistola Tokarev TT-33 y munición restante. Habló durante horas. Describió escenas que solo el autor podía conocer. Aportó la marca y el modelo del arma antes de que se le preguntara. Identificó la procedencia bosnia. Detalló las cartas de la baraja, dónde las había comprado y por qué empezó a dejarlas. Después de tres meses sin disparar, había llegado a un punto en el que, según declaró posteriormente, “no podía dormir”.
Durante las semanas siguientes, sin embargo, su versión empezó a quebrarse. Galán se retractó parcialmente. Afirmó que él no era el único autor, sugirió la existencia de un cómplice, identificó a terceras personas que pudo conocer en Bosnia o en Puertollano. Después volvió a confesar. Después se retractó otra vez. Las pruebas balísticas, los testimonios de testigos -dos supervivientes lo identificaron en rueda de reconocimiento- y la propia arma cerraron el caso al margen de sus contradicciones.
EL JUICIO: 2005
El juicio contra Alfredo Galán Sotillo se celebró en la Audiencia Provincial de Madrid entre marzo y abril de 2005. La Fiscalía solicitó 696 años de prisión. Los peritos psiquiátricos discreparon entre sí: una parte sostuvo que Galán presentaba un trastorno esquizoide con brotes psicóticos que afectaban parcialmente su capacidad volitiva; otra parte concluyó que era plenamente imputable. El tribunal optó por una posición intermedia: aceptó la atenuante de alteración psíquica, pero descartó la eximente completa.
La sentencia, dictada en mayo de 2005, lo condenó a 142 años, 8 meses y 1 día de prisión por seis asesinatos consumados, tres asesinatos en grado de tentativa y diversos delitos de tenencia ilícita de armas y munición de guerra. Por aplicación del Código Penal entonces vigente, el cumplimiento efectivo máximo quedó fijado en 25 años.
Galán cumple condena, a fecha de redacción de esta ficha, en un centro penitenciario español. No ha vuelto a hablar públicamente del caso desde 2007.
LO QUE CAMBIÓ EL CASO
El expediente Galán Sotillo dejó tres efectos visibles en la conversación pública e institucional española de la década siguiente:
Sobre la salud mental de los veteranos. El caso abrió por primera vez en España un debate sostenido sobre el seguimiento psicológico de los militares que regresan de misiones internacionales, especialmente de los Balcanes. Los protocolos de seguimiento post-misión se reforzaron a partir de 2006, aunque la propia auditoría del Ministerio de Defensa reconocería en 2012 que el dispositivo seguía siendo insuficiente.
Sobre el control de armas procedentes de zonas de conflicto. La Tokarev de Galán entró en España en 1997 dentro del equipaje personal de un militar sin que ningún protocolo de aduanas la detectara. Tras el caso, los procedimientos de revisión del material personal de los contingentes que regresan de operaciones exteriores se endurecieron, sin que ello suponga, todavía hoy, una garantía absoluta.
Sobre el tratamiento mediático del crimen. El propio Galán declaró en sede judicial que la cobertura televisiva del caso, especialmente tras la aparición de la primera carta de la baraja, contribuyó a fijar y repetir el patrón. La autocrítica posterior dentro de algunos medios españoles -limitada, fragmentaria, pero existente- estableció un precedente que sería invocado años después en otros casos con apodo mediático fuerte.
LOS NOMBRES
Hay un detalle final que conviene dejar registrado. Cuando alguien busca hoy “asesino de la baraja” en cualquier buscador en español, los primeros resultados son fotografías de cartas de naipes, retratos del agresor y mapas de Madrid con puntos rojos sobre paradas de autobús. Los nombres de las víctimas aparecen muy abajo, si aparecen.
Por eso terminamos así.
Juan Francisco Ledesma. 28 años. Vigilante de seguridad. Volvía a casa después de un turno de noche.
Birgitta Bergling. 53 años. Sueca. Sobrevivió.
Eduardo Salas Sánchez. 28 años. Limpiador ferroviario.
Anahid Castillo Ruiz. 41 años. Ecuatoriana. Madre de tres hijos. Limpiadora ferroviaria.
La pareja de Alcalá del 14 de febrero, herida de gravedad, que ha pedido no aparecer públicamente.
George Lupu. 28 años. Rumano.
Doina Magdalena Zanca. 25 años. Rumana. Pareja de George.
Y los heridos sin nombre público que cargan, veintidós años después, con cicatrices físicas y con cicatrices que no se ven.
Solo casos abiertos, y casos pendientes.
🎙️ Ya disponible el cuarto episodio: Alfredo Galán Sotillo, el asesino que firmaba con naipes
Fuentes principales: Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid, Sección Decimoséptima, causa contra Alfredo Galán Sotillo (2005); sumario del Juzgado de Instrucción nº 36 de Madrid; informes periciales balísticos de la Comisaría General de Policía Científica; informes psiquiátricos forenses incluidos en el sumario; archivo del caso en El País, El Mundo y ABC (enero-julio de 2003 y marzo-mayo de 2005); Manuel Marlasca y Luis Rendueles, Una historia del crimen en España (Temas de Hoy, 2009); archivo del Ministerio de Defensa sobre el contingente SFOR español en Bosnia-Herzegovina (1996-1997).


